Es justo considerar a Aristóteles como el más liberal —por momentos cuasi-libertario— de los filósofos que dio la Grecia Clásica. Como mínimo, se le ha de tener por el que mejor coordinó la defensa del individuo con la de la razón frente a la creencia ciega, distanciándose de esa manera de Platón. La influencia posterior de su pensamiento será especialmente acusada al redescubrirse sus enseñanzas en el Renacimiento, y a partir de ahí serán esenciales para comprender el camino adoptado por muchos de los mayores pensadores de la Libertad en los siglos recientes, desde los primeros ilustrados hasta figuras como Max Stirner o, ya en el siglo XX, Ayn Rand.
El extenso tratado de Aristóteles también puede admirarse como la obra que inauguró la ciencia política, es decir, la ciencia de la organización de la convivencia en las sociedades humanas y, como tal, la ciencia de la gobernanza. Es importante que los defensores actuales de la Libertad conozcan este libro sublime, clarísimo y asequible a cualquiera —en contraste con la dificultad de lectura que suelen entrañar muchas obras clásicas—. El estagirita recorre de manera organizada todos los tipos de gobierno, y también realiza una crítica racional y sensata a todas las propuestas de “constitución”, es decir, de régimen político. Pero no es Aristóteles un mero observador que describe, sino el proponente de ideas vanguardistas para su tiempo, ideas que veinticinco siglos más tarde resuenan en cuantos entienden la Libertad como el valor supremo.








